domingo, 18 de septiembre de 2011
él.
el calor de tus palabras,
la armonía de tu sentir,
me pone nerviosa.
Es que te veo, y pierdo los verbos
los adjetivos
las conjugaciones.
Olvido cómo hablar.
Olvido cómo formar oraciones
con palabras
con las palabras que puedan hacer que tu mente cambie el rumbo
y el tiempo.
Es que así eres tú
y ésa es la reacción que causas en mí.
En mi pobre ser, que a tu presencia no responde,
que a tu lado no existe,
que a tu lado se queda muda.
Y tu mente, que opaca mi mente,
que confunde la tertulia
que hace que mis ojos quieran ver lo que hay detrás,
lo que está escondido,
lo que no se puede ver.
Si me dejo llevar,
¿te dejarías llevar tu también?
martes, 13 de septiembre de 2011
!omixàm
Se comprimen mis pulmones.
Se eleva el aire, expulsado de las cavidades pulmonares, tan violentamente.
Suena una explosión en mis cuerdas vocales.
Sube el sonido como un rugido por mi garganta.
Sale el sonido por mi boca.
Como un grito.
Como un gemido.
Mis ojos no pueden dejar de ver el monitor. Muerte, destrucción, frío. Mi mente ya no entiende nada más.
Estoy harta.
Estoy cansada.
Solía pensar que el mundo sería eterno, que no tendría fin.
Solía pensar que la gente era buena, y que los bosques eran verdes.
Ahora ya no creo en nada.
He perdido la fe.
¿Qué estamos haciendo con nuestro entorno, con nuestro hábitat?
¿Quienes somos?
Somos bárbaros, destructores. Seres no pensantes.
Que por creernos superiores, nos hicimos inferiores a todos y a todo.
Que por pensar que lo teníamos todo, ahora no tenemos nada.
Estamos acabados. Vamos en declive.
Exploramos nuevos hábitats, nuevos mundos, nuevos mercados, nuevos productos.
Y nos perdimos. Nos perdimos, porque no supimos coexistir con nuestro entorno. No supimos valorar.
Ahora talamos, cazamos, disparamos armas contra nuestra misma especie.
Asesinos de todo, dueños de nada.
¿Y eso en qué nos convierte?
¿Y a los que no hemos hecho nada?
En las calles de mi ciudad todos callan lo que saben, porque no vale la pena gastar la saliva cuando nuestro fin, el fin de la lógica, el fin del conocimiento y de lo racional, ya está tan cerca.
habita,r
Nos encontramos en el mismo espacio, respiramos el mismo aire.
Tus ojos, cerrados, imaginan y crean otro espacio donde, quizá, cohabitemos de diferente manera.
Respiramos el mismo aire, a centímetros de distancia.
Tus respiración, larga y profunda, me quita el aire que amablemente nos compartimos, por cohabitar.
Mis ojos, abiertos, solo pueden contemplar el vidrio que divide nuestra coexistencia de la realidad.
Reescribo en mi mente los párrafos de nuestras conversaciones, de nuestros pensamientos, de mis pensamientos, de nuestro coexistir.
El existir de mi coamante.
De mí.
Doy vuelta, la vuelta, me voy, te vas, nos vamos.
Descoexistir es palabra?
No estas, pero mi mente repasa de memoria los centímetros de tu piel.
Existamos.
Coexistamos.
Cohabitemos.
Co-
domingo, 4 de septiembre de 2011
Ella brillaba
Tan rápido me cayó el amor, y tan pronto, que ni lo pude asimilar.
Al punto que la vi pasar, con su figura delgada, con sus ojos grandes, con sus cabellos despeinados, desesperadamente decorados con un broche, y supe, simplemente supe que quería estar con ella para siempre.
La vi, me acerqué a ella y sin mas rodeos le pedí su numero. Que quería verla algún día, le dije. Y ella, con ese ensimismamiento que la caracterizaba tan bien, sonrió como sólo ella sabe hacerlo, y me lo dio.
Con las piernas de goma, con las manos sudorosas, con la voz entrecortada, tomé valor, y le marqué. ¿Diga? Ah, soy yo, J. Me diste tu numero al salir del edificio, sí, claro que sí lo recuerdo. ¿Quieres salir hoy? ¿A las ocho? Perfecto.
Y pasé por ella.
Me miró con los ojos desconcertados, y me regaló otra de sus sonrisas. Su cabello lucía igual de revoltoso, igual de incontrolable, igual, con ese broche en su cabello. ¿Nos vamos? Y nos fuimos.
Platicamos de todo y de nada. Tenía esos hábitos tan raros y tan hermosos, y tan característicos de ella. Como asentir al leer cuando estaba de acuerdo, y fruncir el ceño cuando no. Como morderse los labios en las películas de suspenso, y comprar películas de cine foráneo en las tiendas de segundo uso. Era extraña, era diferente. Y era mía.
Y fue mía los siguientes meses. Fue mía hasta que el tiempo la volvió suya.
Mi mujer ensimismada, mi mujer de cabellos despeinados, de ojos grandes, y de caminar pausado. Gran amiga, gran amante. Mi amante.
Te ves hermosa bajo ésta luz. ¿Ésta? ¿La luz barata de un cuarto barato?, me dijo. No, la luz de mis ojos. Y fui feliz. Y ella fue feliz. Nos besamos como personas felices, e hicimos el amor como una pareja feliz.
Al salir, la veía yo tan distinta, tan cambiada.
Seguía siendo ella, pero era ajena a mí. ¿Te sientes bien?, le pregunté. Me dijo que si y se echó a reír, como si la vida le pasara ligera. Pero a mi me pesaba. Me pesaba porque sus ojos lucían más grandes, y su sonrisa más franca.
Andaba con ese mismo andar pausado, y se mordía los labios con las películas de suspenso. Aún fruncía el ceño al estar en desacuerdo con Saramago, y asentía al leer a Harmodio.
Hasta que una noche, estrellada, nocturna, lo noté. Sonreía con la mejor de sus sonrisas, y me miraba con esa mirada profunda, con sus ojos grandes, con su figura delgada, con su caminar pausado, y su cabello. Dios, su cabello rebelde, suelto, al aire, pecado. Ese cabello tan ondulado que bailaba a ambos lados de su rostro, que volaba en todas direcciones. ¿Y tu broche? Se me ha quedado en el motel. ¡Horror! ¡Pecado! ¿Quién iba ahora a sostener sus cabellos con tal gentileza? ¿Quién iba a observar el orden del caos de su cabello con tal armonía?
Demasiado para este pobre corazón que teme, que no puede con tal barbaridad.
Estoy confundido, le dije.
Caminé, horrorizado, contemplando la sombra de su cabello al aire. Caminé por horas, por días, por meses. Intenté buscarla hace tiempo, pero del broche no ha sabido nada.