martes, 13 de septiembre de 2011

!omixàm

Grito.
Se comprimen mis pulmones.
Se eleva el aire, expulsado de las cavidades pulmonares, tan violentamente.
Suena una explosión en mis cuerdas vocales.
Sube el sonido como un rugido por mi garganta.
Sale el sonido por mi boca.
Como un grito.
Como un gemido.

Mis ojos no pueden dejar de ver el monitor. Muerte, destrucción, frío. Mi mente ya no entiende nada más.
Estoy harta.
Estoy cansada.

Solía pensar que el mundo sería eterno, que no tendría fin.
Solía pensar que la gente era buena, y que los bosques eran verdes.
Ahora ya no creo en nada.
He perdido la fe.

¿Qué estamos haciendo con nuestro entorno, con nuestro hábitat?
¿Quienes somos?

Somos bárbaros, destructores. Seres no pensantes.
Que por creernos superiores, nos hicimos inferiores a todos y a todo.
Que por pensar que lo teníamos todo, ahora no tenemos nada.
Estamos acabados. Vamos en declive.

Exploramos nuevos hábitats, nuevos mundos, nuevos mercados, nuevos productos.
Y nos perdimos. Nos perdimos, porque no supimos coexistir con nuestro entorno. No supimos valorar.
Ahora talamos, cazamos, disparamos armas contra nuestra misma especie.
Asesinos de todo, dueños de nada.

¿Y eso en qué nos convierte?
¿Y a los que no hemos hecho nada?

En las calles de mi ciudad todos callan lo que saben, porque no vale la pena gastar la saliva cuando nuestro fin, el fin de la lógica, el fin del conocimiento y de lo racional, ya está tan cerca.

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