Tan rápido me cayó el amor, y tan pronto, que ni lo pude asimilar.
Al punto que la vi pasar, con su figura delgada, con sus ojos grandes, con sus cabellos despeinados, desesperadamente decorados con un broche, y supe, simplemente supe que quería estar con ella para siempre.
La vi, me acerqué a ella y sin mas rodeos le pedí su numero. Que quería verla algún día, le dije. Y ella, con ese ensimismamiento que la caracterizaba tan bien, sonrió como sólo ella sabe hacerlo, y me lo dio.
Con las piernas de goma, con las manos sudorosas, con la voz entrecortada, tomé valor, y le marqué. ¿Diga? Ah, soy yo, J. Me diste tu numero al salir del edificio, sí, claro que sí lo recuerdo. ¿Quieres salir hoy? ¿A las ocho? Perfecto.
Y pasé por ella.
Me miró con los ojos desconcertados, y me regaló otra de sus sonrisas. Su cabello lucía igual de revoltoso, igual de incontrolable, igual, con ese broche en su cabello. ¿Nos vamos? Y nos fuimos.
Platicamos de todo y de nada. Tenía esos hábitos tan raros y tan hermosos, y tan característicos de ella. Como asentir al leer cuando estaba de acuerdo, y fruncir el ceño cuando no. Como morderse los labios en las películas de suspenso, y comprar películas de cine foráneo en las tiendas de segundo uso. Era extraña, era diferente. Y era mía.
Y fue mía los siguientes meses. Fue mía hasta que el tiempo la volvió suya.
Mi mujer ensimismada, mi mujer de cabellos despeinados, de ojos grandes, y de caminar pausado. Gran amiga, gran amante. Mi amante.
Te ves hermosa bajo ésta luz. ¿Ésta? ¿La luz barata de un cuarto barato?, me dijo. No, la luz de mis ojos. Y fui feliz. Y ella fue feliz. Nos besamos como personas felices, e hicimos el amor como una pareja feliz.
Al salir, la veía yo tan distinta, tan cambiada.
Seguía siendo ella, pero era ajena a mí. ¿Te sientes bien?, le pregunté. Me dijo que si y se echó a reír, como si la vida le pasara ligera. Pero a mi me pesaba. Me pesaba porque sus ojos lucían más grandes, y su sonrisa más franca.
Andaba con ese mismo andar pausado, y se mordía los labios con las películas de suspenso. Aún fruncía el ceño al estar en desacuerdo con Saramago, y asentía al leer a Harmodio.
Hasta que una noche, estrellada, nocturna, lo noté. Sonreía con la mejor de sus sonrisas, y me miraba con esa mirada profunda, con sus ojos grandes, con su figura delgada, con su caminar pausado, y su cabello. Dios, su cabello rebelde, suelto, al aire, pecado. Ese cabello tan ondulado que bailaba a ambos lados de su rostro, que volaba en todas direcciones. ¿Y tu broche? Se me ha quedado en el motel. ¡Horror! ¡Pecado! ¿Quién iba ahora a sostener sus cabellos con tal gentileza? ¿Quién iba a observar el orden del caos de su cabello con tal armonía?
Demasiado para este pobre corazón que teme, que no puede con tal barbaridad.
Estoy confundido, le dije.
Caminé, horrorizado, contemplando la sombra de su cabello al aire. Caminé por horas, por días, por meses. Intenté buscarla hace tiempo, pero del broche no ha sabido nada.
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