Me ha pasado lento, me ha pasado rápido, y alguna que otra vez simplemente me ha pasado.
Me pasa que me aferro a las cosas que hago cuando no quiero pensar, para pasar rápido el tiempo, para no darme cuenta de mi entorno. Ironía, acaso, el pensar en uno para no pensar en otro.
Luego dicen que el tiempo te hace sabio porque la vida te enseña. Te enseña a luchar, a ser fuerte, a ser honesto, y a hacer malabares. El tiempo solo te enseña a ser paciente y a ser tú.
Con el tiempo no se juega, hay que ser precisos.
El tiempo, si se gasta, es tiempo muerto. No regresa. No se renueva, y no se puede poner en pausa.
El tiempo es oro, es dinero, y es tiempo.
La vida es un acertijo. Es una ecuación no resuelta, un libro no leído, un cuadro no pintado, la fotografía aún no tomada. Es el café amargo, la sal perdida en tu plato, y encontrada en el mar.
Aquéllos sólo son, y no los podemos culpar.
Nos culpamos a nosotros mismos por cerrar los ojos, por dormir.
El tiempo pasa y cuando llegamos a viejos nos damos cuenta de que nos hemos pasado la mitad de nuestra vida durmiendo.
Así que nos culpamos por dormir, por parpadear, por perdernos los instantes. Por no retener el aroma de su cabello lo suficiente, por no poder captar por siempre el destello de sus ojos, o la noche estrellada, el eclipse de sol.
Por no poder recordar con precisión el tono de su voz, o la melodía de su andar.
Por dejar pasar el tiempo.
Pero es que todo pasa muy rápido.
Segundos. Milésimas.
El tiempo es orden.
La vida es caos.
Y la esencia es el conjunto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario