A cada oleada de texto, las escamas del viento removían mi cabello mojado.
Ahora, silencio.
No mas escamas.
No mas verborrea intelectual de los dedos cansados.
Escuché una vez de un ratón que sólo pensaba en queso gruyere, pero nunca fue capaz de pronunciarlo.
Así que atento, espera.
Comienza la oleada de nuevo.
Viene. Va.
Viene y va.
Me seca con su piel de secante, de papel.
De deseos de letras gustosas que pasan por el teclado con el compás del sueño.
Del teclado.
Del teclado en el sueño.
Y sin saber.
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